Un barco amarrado
es barco al fin y al cabo.
No le quemes nunca,
quizá únicamente cuando ya huela
a podrido,
cuando sepas que no volverás
a montar en él
aunque esté el muelle abandonado.
La prohibición de quemar las naves
te salvará de más de un apuro.
Sin embargo la cuenta del amarre te puede salir cara.
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